El día de Omega

By Jesus Cuevas Nieto | Relatos

El día de Omega, relato de Jesús Cuevas Nieto

Primera parte: una mañana de lunes

Era una mañana de lunes otoñal como cualquier otra. Las hojas de los árboles se habían caído formando unas majestuosas y al mismo tiempo escurridizas alfombras sobre las calles y las aceras de hojas amarillas y marrones. El cielo estaba muy nublado, lleno de nubes oscuras que amenazaban una tremenda tormenta.

Aquella mañana típica de otoño, Madrid se colapsaba rápidamente de forma violenta. Pedro era un adolescente de quince años que vivía en el madrileño barrio de San Blas. Acudía a un instituto del barrio donde estudiaba secundaria, no era ni muy buen estudiante ni a la vez popular entre sus compañeros. Es por eso que muchas veces decidía no acudir a clases e irse a un parque muy grande que había en las cercanías de su casa. Allí pasaba la mañana fumándo cigarrillos y viendo vídeos en YouTube desde su teléfono móvil.

Esa mañana le era realmente incómodo acudir a la clase de matemáticas. Había examen y él no entendía muy bien del todo los malditos quebrados, si a eso le sumábamos la despreciable presencia de varios compañeros suyos que se burlaban de él en medio de la clase con bromas pesadas, decidió no ir a clase ese día. Se levantó pronto, a eso de las seis de la mañana. Entre que era muy temprano y estaba tan nublado, la oscuridad lo dominaba todo. Tuvo que encender la luz de su cuarto para poder ver la ropa del armario que iba a usar ese día. Unos pantalones vaqueros, calcetines marrones, camiseta blanca y sobre esta, una chaqueta de chándal y sus viejas zapatillas de color negro que siempre calzaba. Estaban ya muy viejas, pero Pedro las limpiaba a menudo con betún y les sacaba brillo después.

Algunos de sus inaguantables compañeros se reían de sus viejas zapatillas. Eran niñatos prepotentes y estúpidos que por razones de la vida, sus padres les compraban toda clase de regalos sin importar el precio. Tenían ropa de marca, mejor teléfono móvil que el de Pedro y varias cosas, al fin y al cabo, terrenales. Pero les faltaba humanidad, respeto y nobleza en exceso.

Se puso las zapatillas, colgó la cartera del colegio y se despidió de su madre. Le dijo adiós desde el pasillo junto a la puerta de la calle, pero no obtuvo respuesta de su madre. Caminó todo el pasillo y llegó a la puerta de la habitación de su madre, llamó a la puerta y tras esperar unos segundos la abrió. No había nadie, la cama estaba perfectamente hecha, demostrando que su madre no había dormido allí esa noche. Ella era enfermera en la sección de dermatología del hospital Ramón y Cajal, con lo que su ausencia podría deberse a que había pasado la noche de guardia en el hospital y él no se habría enterado.

Salió del cuarto de su querida madre y cerró la puerta tras de sí, igual que la había encontrado. Agarró las llaves de casa del llavero colgante que había en la pared de la cocina y salió de su casa, cerró bien la puerta con llave y comenzó a bajar las escaleras. Pedro vivía en el tercero, la casa tenía ascensor pero él sufría de claustrofobia y jamás lo usaba. Cuando paso por el descansillo del primer piso algo ocurrió que le llamó poderosamente la atención.

Un olor pestilente surgía tras la puerta del primer piso. Era un olor asqueroso. Pedro se dispuso a pasar de largo y seguir bajando hacia el portal, pero un fuerte golpe que procedía del primer piso le sobresaltó. Se giró y se quedó mirando a la puerta blindada de sus vecinos. Entonces se escuchó un alarido muy fuerte y muy agudo. Se trataba del chillido de una mujer, de eso no cabía dudas. Pedro se quedó paralizado del miedo durante unos segundos. En su cabeza se preguntaba qué demonios estaba ocurriendo. Allí vivía un matrimonio de la tercera edad, tanto ella como él tenían más de ochenta años y casi no salían a la calle. Sufrían de achaques típicos de la gente mayor y apenas se les oía hacer ningún ruido.

Pedro estuvo a punto de llamar al timbre de la casa, le preocupaba que algo malo hubiera ocurrido a esos ancianos. Pero cuando estaba a punto de tocar el timbre, se comenzaron a oír unos gruñidos muy raros como si fuesen producidos por un perro rabioso o algo así. Pedro brincó del susto e instintivamente salió corriendo escaleras abajo hacia el portal. Abrió la puerta y salió corriendo calle abajo hacia el parque.

De camino se puso la capucha de su chaqueta de chándal, hacía un poco de frió y además comenzaba a chispear. No se encontró a nadie por la calle, todo estaba desierto, pero no le dio demasiada importancia, pues aún era muy temprano. Se metió en el parque y empezó a perderse entre unos frondosos arbustos. Dentro de los arbustos se sentía mejor que en el instituto. Allí sentado, en el suelo, fumaba sus cigarrillos tranquila y totalmente cubierto de la lluvia y de la vista de todo el mundo. Era como una pequeña selva, verde y apacible que solo él habitaba. Pero toda la tranquilidad acabaría y comenzaría la nueva etapa en la vida de Pedro.

El lamento de un perro le sobresaltó. De inmediato aquellos quejidos del animal le hicieron ponerse en pie, miró a su alrededor y no vio nada, pero el perro seguía chillando por allí cerca.

Segunda parte: el perro que huye

Salió de los matorrales donde se encontraba fumando y llegó a una explanada con bancos de madera y algunos columpios para niños pequeños. Entonces como a cincuenta metros de donde él se encontraba vio un pequeño perro caniche de color canela huyendo de una persona. Una persona sucia y con la ropa descuidada. Lo primero en lo que Pedro pensó es que se trataría de un mendigo que quería alcanzar al perro, el cual huía despavorido a toda velocidad. El perrito al ver a Pedro corrió hasta su lado y se ocultó detrás de sus piernas.

El mendigo avanzaba lo más rápido que podía hacia Pedro. Caminaba de forma muy extraña, dando tumbos. Parecía que en cualquier momento iba a desplomarse en el suelo. Su tez era muy gris y daba mucho repelús. Cuando aquel extraño pordiosero llegó a pocos metros de Pedro, este vio con horror que el ojo derecho de aquel hombre estaba colgando de su cuenca ocular. Estaba gris y apestaba. De repente le vino a la mente el hedor que procedía del piso de los ancianos. La ropa de ese hombre extraño estaba sucia y llena de polvo.

Pedro pegó un grito de horror al comprobar que ese hombre no estaba vivo, sino muerto. El zombi se abalanzó sobre Pedro y lo agarró de las piernas. Pedro perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo. El zombi abrió la boca y Pedro pudo ver los dientes podridos llenos de gusanos purulentos. Iba a morderle en la pierna, parecía el fin, se infectaría y se convertiría en otro muerto viviente.

De repente la cabeza del zombi explotó en mil pedazos llenando la cara y el pecho de Pedro de sangre. Horrorizado, Pedro se quitó al zombi de encima con sumo asco. Se puso de pie y se giró para comprobar qué le había salvado de ser mordido por aquel monstruo. Vio a un policía nacional con una escopeta en sus manos. Este se acercó y sacó un pañuelo blanco de tela del bolsillo de sus pantalones y se lo dio al chico.

- Toma chico límpiate la cara y la chaqueta. Le dijo con voz amistosa.

Pedro agarró el pañuelo y se limpió de sangre. El pequeño caniche se acercó a los dos y se les quedó mirando con esa típica cara de bondad extrema que solo los animales tienen. El policía se agachó y comenzó a acariciarlo. Mientras lo hacía se cercioró de que no tuviera ninguna herida de mordida de ningún zombi. El perro estaba sano y salvo, por lo cual decidió llevárselo con él.

Pedro seguía aturdido por lo que acababa de ocurrir. Le preguntó al policía nacional qué había pasado, este le respondió que no sabía muy bien el por qué pero muchas zonas de Madrid estaban siendo atacadas por muertos vivientes, que el caos había inundado las calles de la capital. Las arterias principales de la ciudad como la Gran vía, la calle Princesa o la M30 se habían convertido en un montón de coches parados y abandonados por sus conductores que huían de los muertos vivientes. Mucha gente había sido asesinada por estos.

Pedro no podía creerse lo que aquel policía le acaba de contar, tampoco podía creer que un zombi lo hubiera intentando morder, se sentía como en una pesadilla realmente terrorífica. Pero se dio cuenta que no era un sueño, no se encontraba en su cama metido entre las sábanas bien calentito soñando, era real, y él estaba despierto.

Sonó el teléfono móvil desde el bolsillo de su chaqueta, metió la mano para cogerlo y vio el número. Era el único amigo que tenía en el instituto, Esteban Ruiz. Pedro descolgó el teléfono y lo puso en manos libres. Al otro lado de la línea se escuchaba a su amigo Esteban Ruiz totalmente histérico. Al parecer la epidemia zombi había tomado el instituto, los zombis habían devorado a gran parte del alumnado y el profesorado. Esteban se había encerrado en los cuartos de baño. Estaba sentado en el suelo al lado del inodoro hablando con su amigo Pedro a través del teléfono.

Le contó cómo, con horror, había visto a un grupo de zombis agarrar a varias chicas del instituto y comérselas vivas. Estaba muy afectado, nervioso y asustado. Esteban oyó un ruido al otro lado de la puerta del baño donde se había escondido. Eran gruñidos de los muertos vivientes, la misma voz de la muerte que camina en forma de zombi. Esteban se quedó muy quieto, totalmente paralizado. Pensó que así burlaría a los zombis, pero estos le olieron y empezaron a aporrear la puerta. Esteban comenzó a gritar, entre sollozos se despidió de su amigo Pedro, quien escuchó con horror todo el ruido que produjo su escalofriante muerte devorado vivo a manos de los zombis.

Pedro no pudo contener las lágrimas, se sentía tan asqueado como impotente, finalmente soltó el teléfono móvil y lo dejó caer al suelo. Hizo el amago de lanzarse a la carrera a toda velocidad hacia el instituto en un intento inútil de querer salvar a su amigo, pero el policía nacional al ver que se dirigía hacia una muerte segura le hizo un placaje y le tiró al suelo. El cuerpo del chico debajo del policía se removía como si de una cola de lagartija amputada se tratara. Intentó calmar al chico pero le fue inútil, estaba fuera de sí. Finalmente le dio un bofetón muy fuerte en la cara. Pedro quedó inconsciente del golpe.

El perro observaba con la cara de un espectador que no entendía nada. El policía cogió en brazos al chico y se lo llevó de allí, el perro lo seguía con sumo agradecimiento por haberlo salvado. Lo cargó hasta la calle más cercana donde había dejado aparcado su coche patrulla. Abrió la puerta trasera del coche y metió a Pedro en el interior del automóvil. Al cerrar la puerta, el ruido hizo volver en sí a Pedro. El policía se metió en el asiento del conductor y se empezó a estirar en el asiento, frotándose la cara con las manos. El perro entró en el coche con ellos y se sentó en el asiento del copiloto. Pedro término de volver en sí y preguntó acerca de lo que había pasado. Después de unos segundos en silencio, el policía comenzó a hablar:

- Me llamo Juan Carlos, soy agente de la policía nacional. Vengo de un registro en una fábrica abandonada que resultó estar infestada de zombis. Nos atacaron, yo conseguí escapar pero mi compañero Luis murió devorado. Fue horrible. Esos monstruos están haciéndose con toda la ciudad.

Pedro se quedó asqueado por la historia que le acababan de contar, fue entonces cuando le vino a la mente el recuerdo de su madre. Ella se encontraba trabajando a esas horas en el hospital Ramón y Cajal. Le pidió al policía que le llevase allí. Este se giró y comenzó a mirarle fijamente.

- ¿Estas herido? - Preguntó Juan Carlos.

- No

- ¿Entonces para qué quieres que te lleve al hospital?

- Allí trabaja mi madre, es enfermera en Dermatología, la octava planta.

- Ya debe estar muerta, los zombis seguramente hayan tomado el hospital.

A Pedro se la cayó el mundo encima, adoraba a su madre. De hecho era lo único que le quedaba en este cochino mundo. Su padre había muerto de cáncer de páncreas cuando él solo era un niño. No tenía hermanos ni abuelos.

El chico empezó a llorar desconsoladamente. Juan Carlos se dio cuenta del dolor que aquel muchacho sentía, tal vez había sido demasiado duro diciéndole eso. Pero era la verdad. Lo más prudente que podían hacer es escapar lo más lejos posible de Madrid.

Tercera parte: camino al hospital

Pusieron el coche en marcha y salieron de aquella calle totalmente vacía de gente, para cruzar otra y después otra igual de solitaria. Finalmente llegaron a la carretera M30 a la altura del cementerio de la Almudena, había que conducir despacio, varios coches estaban parados en medio de la autopista. Algunos estaban incendiados, se veía gente muerta semidevorada en las cunetas.

Hasta llegar a la altura de la mezquita el camino estaba más o menos libre para circular, pero al llegar allí una horda de zombis caminaba dando tumbos por la M30. Un autobús escolar de niños pequeños estaba allí parado. Al pasar a su lado Juan Carlos detuvo la velocidad, lo que vieron a través de los cristales del coche de policía fue realmente terrorífico. Varios zombis habían entrado en el autobús, devorando al conductor y a todos los niños que viajaban en él. Los cristales del autobús estaban empapados en sangre. Los gritos de los niños siendo asesinados por los zombis eran traumatizantes.

Siguieron la marcha ignorando aquel horror, no podían hacer nada, si intervenían con la buena intención de salvar a los niños, ellos mismos perecerían.

Había como treinta zombis taponando la carretera. Juan Carlos sabía que no debía frenar pues correría el mismo destino que los tripulantes del autobús escolar. Aceleró el coche a toda potencia y atropelló a un buen número de zombis. Las ruedas machacaron los huesos podridos de esos seres produciendo un ruido escalofriante. Sin embargo un zombi consiguió quedar agarrado como si de una garrapata se tratase en el capó del coche. Juan Carlos dio varios volantazos pero el zombi seguía bien sujeto, y por más volantazos que diera, no se caía.

Juan Carlos le ordenó a Pedro que abriese la guantera del coche donde guardaba una pistola automática y le pegase un tiro en la cabeza al zombi. Pedro se quedó paralizado por el horror. Pero cuando el muerto viviente comenzó a pegar puñetazos al cristal con intención de romperlo, reaccionó. Abrió la guantera y sacó la pistola. Pero para entonces, el zombi ya había roto el cristal a puñetazos haciendo un gran agujero y estaba metiendo la cabeza para morder el antebrazo de Juan Carlos.

Pedro puso el arma junto a la sien del zombi y acto seguido disparó. La sangre y parte de los sesos del muerto viviente salieron disparados empapando todo a su camino. Después de este incidente llegaron finalmente al hospital sin más contratiempos. Pero cuando faltaban unos cien metros para la entrada principal, detuvieron el coche. Cientos o tal vez miles de zombis deambulaban por toda la zona de alrededor del edificio. Había zombis de todas clases, desde los trajeados que fallecieron hacía poco tiempo y habían salido de sus tumbas, hasta obreros, monjas, médicos y hasta algún que otro vestido de payaso.

Juan Carlos se giró hacia el chico y le dijo: lo hemos intentado chico, pero entrar en ese sitio es más peligroso que nada en este mundo. 

- Mi madre está ahí dentro y voy a entrar, si tu no quieres venir lo comprendo. Contestó Pedro.

Pedro abrió la puerta de su lado del coche y salió corriendo entre unos arbustos cercanos. Juan Carlos se quedó perplejo no se esperaba esa reacción en el muchacho. No podía permitir que ese chico se suicidara de esa manera. De modo que cogió su escopeta y salió detrás de Pedro.

Cuarta parte: en el hospital

Pedro y Juan Carlos se metieron por detrás de una parada de taxi, viendo como todas las escaleras de la entrada al hospital estaban llenas de zombis. Todos ellos haciendo esos ruidos tan agónicos, con sus caras pálidas y dando tumbos de un lado a otro. De repente, el perro caniche que los venía siguiendo salió corriendo de entre los taxis y subió escaleras arriba entrando dentro del edificio. La mayoría de zombis comenzaron a seguir al perro con sus pasos lentos y desgarbados.

Cuando solo quedó un lastimoso grupo en las escaleras, Pedro y Juan Carlos salieron corriendo. Juan Carlos voló la cabeza literalmente de tres zombis disparándoles con su escopeta. Los zombis decapitados por los disparos de gran calibre de la escopeta de Juan Carlos cayeron al suelo como si de una marioneta a la cual cortan los hilos que la sostienen se tratara. Corrieron hacia los ascensores y llamaron a los tres a la vez para que bajaran. De un cuarto oscuro salió de repente un zombi que se agarró con sus podridas manos al cuello de Juan Carlos, este le pego en el estómago con su escopeta, el zombi le soltó y Juan Carlos le golpeó con su pierna derecha en ese cadavérico rostro del muerto, haciendo que cayera al suelo. Pedro le disparó en la frente, matándolo.

Se abrió la puerta de un ascensor que parecía estar vacío, ni zombis ni vivos, nadie. Se metieron dentro y pulsaron la tecla del octavo piso. El ascensor comenzó a subir pero cuando iban entre la tercera y cuarta planta el ascensor se paró en seco. La luz del interior del ascensor se apagó, quedando en penumbras. Al parecer habían cortado la luz de todo el edificio. Pedro sacó el mechero que llevaba en el bolsillo de sus pantalones y lo encendió, alumbrando con su poderosa llama el habitáculo.

- ¿Qué hacemos ahora? - preguntó el adolescente.

- Salir cuanto antes de aquí - respondió Juan Carlos.

El policía dio un brinco y abriendo la tapa de seguridad de la parte superior del ascensor salió a la parte de arriba. Una vez arriba, Pedro le pasó la escopeta que había dejado sobre el suelo del cubículo. Después, una vez agarrada el arma, le dio la mano a Pedro y lo ayudó a subir a la parte de arriba del ascensor. Juan Carlos se quitó el cinturón de su pantalón y con él comenzó a trepar por las cuerdas que sostenían el ascensor. Trepó hasta el cuarto piso. Metió una navaja de Albacete que tenía escondida en el bolsillo de su uniforme por la ranura de las puertas metálicas y consiguió abrirla.

Salió al pasillo del cuarto piso, miró a todos lados con suma precisión para comprobar que no había nadie allí. Cuando lo hizo se volvió a asomar al hueco del ascensor y le dijo al chico que subiera por la cuerda. Pedro era un buen atleta, lo cual le vino fenomenal para trepar por aquella cuerda. Cuando llegó al cuarto piso, Juan Carlos le tendió la mano y le ayudó a entrar.

Se pusieron manos a la obra rápidamente y salieron corriendo por los pasillos en dirección a las escaleras. Cuando iban a llegar al descansillo de las escaleras centrales, se detuvieron con horror. Una médico, convertida en zombi, estaba en medio del pasillo sentada. Con sus manos sostenía la cabeza decapitada de un hombre mayor. La cabeza estaba abierta por la parte superior del cráneo y la zombi estaba devorando los sesos. Juan Carlos, giró su cabeza tremendamente asqueado por semejante visión tan grotesca. Pedro gritó y movido por el miedo pegó dos tiros en la cabeza a la zombi, que se quedó allí muerta, sentada. Juan Carlos gritó un sonoro ¡NOOO!

De repente, llamados por el ruido, una horda de zombis apareció desde el pasillo paralelo y de las habitaciones de los enfermos. Eran muchísimos. Juan Carlos apuntó con su escopeta y mató a cuatro disparándoles en la cabeza. Cuando iba a proceder a realizar el quinto tiro, la escopeta se quedó encasquillada. La arrojó rápidamente contra los zombis. El policía cogió del brazo al chico y salieron corriendo. Pero tras unos cuantos metros, tuvieron que frenar. De nuevo, otra horda de zombis.

Entre los dos grupos, había una sala con la puerta abierta con un pequeño ascensor. Se metieron en la sala en penumbras y pulsaron el botón de llamar al ascensor. Apareció pronto, un modelo muy antiguo de ascensor, carecía de puertas. Pedro entró, pero cuando Juan Carlos estaba a punto de entrar se tropezó torciéndose el tobillo. Cayó al suelo de bruces a unos pocos centímetros antes de entrar en la caja. Los zombis hambrientos no tardaron en abalanzarse sobre él.

Había por lo menos cuarenta muertos vivientes allí sobre el policía. Comenzaron a morderle por todo el cuerpo, uno de ellos le arrancó la oreja a mordiscos. Otros zombis le sujetaban por el torso y comenzaron a meter sus manos por debajo del pecho, arrancándole la piel del estómago. El policía gritaba de forma horrenda mientras era devorado vivo por los muertos vivientes. Pedro estaba tan asustado que se quedó totalmente paralizado. Solo tenía que levantar la mano y pulsar el botón del marco de la pared del ascensor que marcaba el octavo piso. Pero le era imposible. Los zombis estaban destripando y despedazando a su amigo Juan Carlos delante de él, provocándole una terrible angustia.

Entonces un zombi que se arrastraba por el suelo consiguió meter sus manos dentro del cubículo del ascensor, agarró a Pedro por los tobillos. Pero entonces reaccionó, apuntó con su pistola a la cabeza del zombi y disparó dos veces, matando al zombi que lo acosaba. Mientras el resto de la horda de zombis despachaba de la forma más atroz e inhumana posible a Juan Carlos, Pedro apretó el botón del octavo piso, y el ascensor comenzó a subir hacia la octava planta.

Cuando llegó al octavo, un silencio sepulcral lo invadía todo. Pero había otra cosa que también dominaba el ambiente, un olor putrefacto a carne humana descompuesta. Salió del ascensor rápidamente y caminó hasta el pasillo principal. Vio que dentro de una oficina estaba el guardia de seguridad, completamente zombificado. Decidió que mejor que dispararle, era pasar por debajo de la ventana, arrastrándose por el suelo del pasillo para burlarle. Le quedaban muy pocas balas en la pistola y podría necesitarlas más adelante. Pasó por allí arrastrando su panza por el frío suelo como si de un gusano se tratara, hasta unos cuanto metros más adelante, donde ya el zombi encerrado en la garita no podría verlo.

Se puso en pie y siguió caminando rápidamente por los pasillos hasta llegar a la zona de dermatología. Fue entonces cuando un grito de mujer le sobresaltó. Reconoció aquel timbre de voz, se trataba de su madre. Corrió hacia las consultas y vio a dos zombis golpeando una puerta que estaba cerrada con llave. Los gritos de su madre provenían del interior del mismo. Se acercó corriendo y disparó en la cabeza a los dos zombis, que se desplomaron en el suelo.

- ¡Mamá soy yo!

De un tiro rompió la cerradura de la puerta por completo. Entró en la habitación y vio a su madre detrás de una cama vacía junto a una ventana. Estaba totalmente asustada, tanto que, en un principio ni siquiera reconoció a su hijo. Le tiró un florero a la cabeza, que Pedro consiguió esquivar de milagro.

- ¡Soy yo, Pedro!

Ella dejó de gritar y jadear. Abrió sus brazos y Pedro corrió hacia ella. Ambos se abrazaron durante unos segundos apasionados, en los que todo aquel horror pasó a un segundo plano. Hasta que Pedro vio que su madre tenía una herida de un mordisco en el hombro. Se apartó y miró a su madre a los ojos, para comprobar que ya estaba contaminada por la epidemia zombi.

Le mordió en el cuello, justo en la yugular del muchacho, desgarrándole la carne y la piel. La sangre salía a borbotones, echó la mano a su gran herida y se puso de pie. Pero todo fue inútil, ya no podría huir de su destino. La visión se le nubló poco a poco, perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra la pared, resbalándose hasta caer muerto en el suelo.

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