Red Right Hand

By Ivan Humanes | Relatos

Relato de terror de Iván Humanes

“Fry: ¿Quiénes son y qué hacen ustedes aquí?
Tex: Soy un demonio y he venido para hacer el trabajo del Diablo.”

Cielo Drive. 9 de agosto de 1969. Madrugada.

Es complicado imaginarse esa escena sangrienta en la oficina. Pero soy capaz de reconstruir al detalle la mañana del 9 de agosto del 69 en Cielo Drive, el Benedict Canyon en Beverly Hills y colina arriba. Cuando lo de Manson y el número 10.050 de la urbanización. A la sirvienta Champan entrando en la mansión de los Polansky y dándose de bruces con un primer cadáver en el jardín. Era Voytek Frycokwsky y tenía cincuenta y una puñaladas y trece heridas en la cabeza. Y todo lo demás: Abigail Folger a ocho metros de Voytek con dieciocho cuchilladas, Sharon Tate bien embarazada y con un marcador que sumaba dieciséis, Jay Sebring siete y un tiro, Steven Earl Parent con cuatro disparos en su coche. Charly Satán dirigiendo mentalmente la matanza como gurú de “La familia”. Y por mucho que simule ir arriba y abajo con el ratón, siempre tengo en un pequeño recuadro de la pantalla fotografías de los cadáveres. Quizás crean que no es un buen lugar para pensar en estas y otras cosas; que para ello debería elegir la soledad de mi despacho, con los niños acostados y la mujer viendo alguna serie divertida en la televisión; esperando que se duerma para bucear con ansia en los mensajes ocultos tras La semilla del diablo. Pero no, créanme que pese a lo complicado que resulta no deja de ser el mejor lugar.

El Reverendo Jones y yo así lo creemos. Y Jones es mi gran compañero, Albert para el resto del personal. Llevaba los asientos de contabilidad como nadie y era respetado en la empresa, por más que el respeto nunca lo haya llevado a un puesto de responsabilidad y se estuviera pudriendo en la misma silla durante años (¿ocho ya?), viendo escalar a los inútiles de siempre. Pero a Jones y a mí eso nos importaba, porque teníamos otros planes. Manson creía que era un enviado del universo infinito, el Anticristo. Nosotros también. Un proxeneta y un adicto a las drogas cualquiera venido a maestro absoluto. Sin duda un elegido que había conformado una red de discípulos lo suficientemente pervertida para provocar finales anticipados en cenas sangrientas y continuar con su poder una vez entre rejas, y desde allí ordenar la continuidad de las escabechinas con sus poderes mentales. De hecho esto último era lo que más nos interesaba: la posibilidad de tejer una red lo suficientemente cohesionada que pudiera seguirnos y aceptar sin rechistar nuestras decisiones. Y en ello concentrábamos nuestros esfuerzos. El reclutamiento en la oficina tenía que ser progresivo, sin levantar sospechas, sin forzar la situación. Y descartamos a todos los candidatos. Para bien o para mal nuestro mundo es un agujero apestoso donde retozamos todos pero nadie levanta la mano. Seguro que si entra alguien en nuestra casa y provoca la muerte a diestro y siniestro no haremos mucho, nos quedaremos de brazos cruzados y lloraremos en el entierro, superaremos el duelo con pastillas y sesiones en el psicólogo; y continuaremos contribuyendo a la normalidad, regresaremos al trabajo, encenderemos el ordenador y agacharemos la cabeza cuando nuestro jefe tenga que abroncarnos.

En esa gran confusión estábamos, decidiendo si no sería mejor dar un carpetazo a las pretensiones de crear “nuestra familia” mientras discutíamos si hacer ejercicio para rebajar nuestras barrigas de contables y ser más expeditivos, cuando apareció él. Durante las primeras semanas nos pareció un tipo normal, uno de tantos. Un asesor jurídico que venía para lo que vienen todos: ganar dinero, alimentar a sus cachorros y aceptar la normalidad. Pero no. Lo vimos claro cuando quisimos tentarle y conocer más; lo invitamos a un café y no abrió la boca. Nos pareció un tipo duro. Es cierto que no le dijimos nada concreto al principio, hablamos de cosas banales y él asentía en la mayoría de ocasiones. Pero cuando desviamos la conversación hacia cuestiones más tenebrosas sonrió, alzó la vista, cogió el café con la mano derecha, dejó asomar un tatuaje extraño, y nos miró como seguro que miraba Charly, desde otro lugar.

– ¿Cuándo vamos de cacería, muchachos? – nos preguntó. Y los dos nos miramos nerviosos. Respondimos balbuceando que cuando él quisiera.

Y a él le debemos todo lo que hemos aprendido. Quedamos para esa misma noche. Nosotros esperábamos en el coche escuchando a Nick Cave a todo trapo, metiéndonos en la cabeza que había que hacerlo, que este mundo era un mundo extraño y que había que tener la voluntad suficiente como para situarnos en los márgenes, y saltar al otro lado y ser otra cosa. Y como él nos dijo: fuimos a los límites de la ciudad y cruzamos las vías, donde el viaducto emergía como un pájaro de perdición y los cables de alta tensión zumbaban, pasando la plaza, pasando el puente, pasando el río. Sabíamos que ya no regresaríamos jamás. Que de ese viaje no volveríamos. Sí al mismo lugar, pero que no seríamos nosotros. Seríamos “otra cosa”. Sonaba Red right hand  de Cave y nuestro nuevo amigo emergió como un dios, enfundado en un abrigo negro y polvoriento. Era una sombra que vino hacia nosotros, golpeó con los nudillos la ventanilla y nos pidió que le abriéramos. Se sentó detrás y nos guió con las palabras justas. Regresamos a la ciudad y estuvimos dando vueltas sin parar hasta dar con el objetivo. Paramos el coche. Seguimos a una pareja joven que iba de la mano. Nos ordenó que apagáramos el motor, se acercó a nuestros asientos y sacó del bolsillo de su abrigo un pequeño martillo, hizo el gesto de golpear sobre su mano derecha y nos lo dio. Jones dudaba si cogerlo, sorprendido por esa proposición tan directa y lo agarré yo. Nos señaló a la pareja, que caminaba dando tumbos a unos metros y se estiró hasta abrir mi puerta.

Salimos del coche. Guardé el martillo en la cintura. Jones no parecía seguro pero aceptó acompañarme. Él se quedó dentro. No sé porqué vino entonces a mi cabeza Jay Sebring, uno de los invitados a la fiesta de Cielo Drive, un peluquero importante en Hollywood, adicto a las drogas y también a las perversiones sexuales sadomasoquistas. De hecho uno de los primeros motivos que se barajaron tras la matanza de la casa de los Polansky era que Sebring había torturado sexualmente a Leslie, una de las chicas que había pertenecido a “La familia”, y que Charly la había vengado. Y parece lógico. Tocar a una de las chicas de Manson, sodomizarla, podía considerarse suficiente para amplificar el odio de nuestro Charly. Por veinte dólares Sebring se llevó al sótano de sus torturas a Leslie y a una de sus amigas para practicar la humillación y las aberraciones sexuales más extremas. Querían castigar a Sebring, hacerle sufrir, mutilarle el pene. Por eso lo hicieron. O al menos es lo que yo estaba pensando mientras seguíamos los pasos de la pareja. Me imaginé que ese tipo era Sebring, mis hijas sus víctimas. Y cuando estábamos a unos metros supe que era el momento, cogí el martillo, lo agarré con fuerza, me sentía vivo, los ojos me ardían del ansia acumulada. Pero no pude. El Reverendo Jones tampoco. De hecho, al darse la vuelta el joven y vernos dubitativos, con el martillo en la mano y sin saber qué hacer se encaró y le soltó un puñetazo a Jones que lo dejó inconsciente, a mí me golpeó, me tiró al suelo y me dio patadas sin parar y temí por mi vida. Seguro que me habría rematado allí de no ser por nuestro maestro, que salió del coche y vino a socorrernos. La pareja se fue corriendo al verle.

Supongo que comprenderán que el día siguiente en la oficina no fue de los mejores. Nos escondíamos para no cruzarnos con él; estábamos avergonzados. Por un momento habíamos tenido la gran oportunidad. No fuimos capaces. No obstante eso no fue impedimento para que él fuera el que nos enviara un mensaje y nos citara para comer. Para que nos dijera mientras le dábamos a la carne con el cuchillo y el tenedor que habíamos sido unos buenos chicos, que la primera vez siempre es complicado. Nos contó la diferencia entre un mal y un buen asesino. «En el buen asesino los vectores son visibles, limpios, intensos; mientras que en el mal asesino cunde la chabacanería de los vectores hechos pedazos, sucios de mala muerte», nos dijo.  «Hay que ser firmes en la decisión», concluyó echando su mano en mi hombro y dejando ver un enorme dragón tatuado en el antebrazo.

A decir verdad no entendimos lo que nos quería transmitir, pero nos tranquilizó. Al irse hablamos y nos planteamos que en la próxima no teníamos que defraudarle, que se trataba de nuestro futuro, de lo que siempre habíamos querido, y que teníamos que ser expeditivos, dejar al lado el pensamiento racional y confiar en el animal. No filtrar conscientemente la situación, para entendernos. Adivinarla desde el más allá que él frecuentaba, donde él se había instalado. Y que ese más allá era rojo y violento, que no había paz, y que eso nos haría invencibles, superiores. Le conté a Jones lo de Sebring y la hipótesis que vino la noche pasada a mi cabeza, diáfana, y él me replicó que en Cielo Drive no había un único motivo, de la misma forma que tampoco existía un único y exclusivo impulso en nuestras acciones. Y que en la matanza esa noche de agosto de “La familia” tenía mucho que ver el desprecio, por ejemplo el desprecio de Sharon Tate a los hippies de Charly, porque ella se creía guapa, inteligente y de la alta sociedad. El dinero y el prestigio se concentraban en la rubia Sharon. Sin más, todo aquello que nosotros no teníamos. Y me habló una vez más de la empresa, de los incapacitados que nos rodeaban y nos daban órdenes. Le vi convencido. «¿Vas a dejar que esos desgraciados nos digan lo que tenemos que hacer?», me dijo irritado.

El trance sugestivo mediante LSD y la posterior influencia hipnótica de Manson a sus adeptos les llevó a la obediencia absoluta hacia Tex, el que guió por Cielo Drive a “La familia”. Recuerdo que hablamos bastante esa noche – íbamos de camino a nuestro “gran acto”– de esa sesión, y de cómo Charly repartiría luego las armas, y de cómo todos besarían su mano, en obediencia a Satán. Discutimos acerca del tipo de cuerda que utilizaron para atarlos, de la que se sirvieron para atar el cuello de Jay Sebring, de Abigail Folger y de Sharon Tate. Llegamos al acuerdo que debería ser de nylon. No se nos escapaba que la cuerda que ataba esos tres cuellos, y que pasaron por encima de una viga y tiraron de ella para colgarlos, debía tener una gran resistencia y ser común en un grupo hippie. Una cuerda frecuente, de esas que sirven para tender la ropa. Y es que los actos más dramáticos no requieren de elementos excepcionales. Es más, si en los acontecimientos grotescos intervienen objetos comunes, de nuestro día a día, ello les confiere un estatus más elevado.

En esas estábamos cuando Jones sacó unos tripis y nos los tomamos. Si queríamos imitar, teníamos que tener asideros parecidos a “La familia”.  Red right hand sonaba poderosa en el auto. Y nos acordamos de nuestro amigo porque esta vez él no dirigía nuestra operación, era nuestro tributo. Nosotros planeamos el acto. Nosotros llegaríamos la mañana siguiente al trabajo y le explicaríamos de lo que habíamos sido capaces. La letra de la canción era cristalina: “No tienes respeto propio / te sientes como un insecto. / Bueno, no te preocupes, amigo / porque aquí viene él / a través de los guetos y el barrio / y las villas y los tugurios.” Y más tarde: “´Él es un fantasma, él es un dios / él es un hombre, él es un gurú”. Era evidente.

Nos perdimos un poco con el coche y nos retrasamos según el plan, pero a la una de la madrugada llegamos cerca de la casa elegida, en el barrio alto de la ciudad. Subí a un poste y corté los cables el teléfono. Cogimos de nuevo el auto y bajamos por la calle, parando a unos cien metros más allá del número ochenta y ocho. Todo estaba tranquilo. La noche era negra. Subimos andando la calle, con nuestros cuchillos de cocina y un paquete de ropa de recambio, que dejamos en la entrada de esa residencia. Sabíamos que probablemente habría cámaras, a lo mejor un guarda de seguridad. Y no nos equivocamos. Estábamos dispuestos a saltar la tapia pero no fue necesario. Se abrió la puerta de entrada, que daba a un jardín enorme, y apareció el de seguridad, muy probablemente pensando en que nos habíamos perdido o vete a saber qué, el caso es que nos miró extrañado y Jones le clavó su cuchillo en el cuello, sin pensarlo. Eso era: dejamos nuestra sensiblería en el coche y, por fin, por fin, estábamos ahí; recién bautizados. La sangre salió disparada de su cuello. El guardia se agarró al cuchillo como si fuese el asidero con la vida, retorciéndose en el suelo mientras babeaba. Jones lo arrastró adentro y en el jardín le asestó una decena de puñaladas. Fin. Así de sencillo. Sin reflexión de por medio. Cerramos la puerta y caminamos hacia la casa, hacia la residencia del Director General de nuestra amada compañía.

Y dicen que otro de los motivos de la matanza de Cielo Drive fue Roman Polansky. Que en La semilla del diablo que dirigió, reveló prácticas ocultas de la magia negra que tenían que haberse quedado donde estaban: en manos de unos pocos. Que eran muchos los amigos comunes, uno de ellos el peluquero Sebring, y que los tres se conocían. Charly sabía moverse por la casa de Polansky, la había visitado en varias ocasiones, y eso había sido fundamental para el éxito del plan. Nos lo creemos. En todo ello había claramente una aversión hacia el establishment como la que nosotros teníamos. De ahí que esa noche el objetivo fuese la familia de nuestro jefe supremo. No se me puede ocurrir un motivo más exacto y liberador que acabar con el que ha estado sometiéndonos durante años y consintiendo las prácticas más perversas de control. Así que le dimos al timbre con insistencia, nos parecía divertido entrar así en ese lugar, más que deslizarnos por ventanas o forzar puertas; pues nosotros éramos los que teníamos el poder.

El sirviente que nos abrió tampoco se esperaba dos cuchillos entrando veloces en su carne ajada, repitiendo la entrada y la salida del acero en su cuerpo a la manera de un rifle de repetición. Reímos. Y reímos tan fuerte que nos dimos cuenta que en esa casa estaban celebrando algo en el momento en el que dejamos de escuchar el jolgorio. Hasta ese instante el barullo se había situado en un segundo plano. Típico de la droga, ¿saben? Eso de ser consciente de algo no cuando pasa sino después cuando ya ha pasado y está ausente… Bueno, da igual. El caso es corrimos por pasillos, nos perdimos en habitaciones y no llegamos al comedor hasta que pasó un buen rato. Una percepción quizás desvirtuada también por el ácido, quién sabe. En esa estancia había una mesa enorme con bebidas y comida repartidas aquí y allá (¿por qué los cerdos necesitan tantos platos para cenar?) y tan solo un comensal bastante borracho que intentaba huir tropezándose con sillas y muebles. ¡Crac! Un golpe en la cabeza y Jones insistiendo en el golpeo en el cráneo hasta dejarlo sin aliento. ¡Crac! ¡Crac! ¡Crac! Jones se había convertido en un cascanueces cojonudo. Y le solté la ocurrencia que había tenido y nos reímos hasta llorar de la risa, revolcándonos en la sangre de ese pájaro como perros en la arena.

Seguimos con la cacería y aplicamos cuchillo a una mujer mayor que se escondió tras la puerta del lavabo; nos divertimos mucho con sus gritos de perdón y clemencia. Simulábamos que estábamos sordos y le preguntábamos entre puñalada y puñalada que qué había dicho, que gritara más. Un par de invitados más a la fiesta que correteaban como locos intentando escapar también recibieron castigo y entonces le encontramos a él, nuestro gran Director General, intentando ocultar su corpachón tras la cortina de uno de los lavabos de la segunda estancia. Era tan patético que no pude evitar darle un puñetazo y romperle la nariz. Lo hicimos rodar por las escaleras. Le forzamos a comer toda la comida que había en los platos, hasta que se puso morado y comenzó a vomitar como una vaca. Entonces le atamos el cuello y los pies con cuerdas, jugamos a ver quién tenía más fuerza y estiramos con violencia en un juego improvisado, hasta que sacó espuma por la boca y sus ojos se llenaron de sangre. Le quitamos la ropa y le dejamos en calzoncillos. Jones sugirió sodomizarlo, y menos mal que le quité esa idea asquerosa de la cabeza, porque sus pliegues de grasa despedían un olor nauseabundo y lo último que quería era bajarle los calzoncillos y hacerle entrar algo por el garaje. Inmediatamente vino lo de la toalla. Jones insistió que teníamos que dejar escrito en la pared lo que hicieron los Manson. Y pintamos toda la casa con una toalla ensangrentada, escribiendo PIGS en las paredes y dando color rojo aquí y allá.

Acabamos el trabajo, fumamos un cigarrillo, nos cambiamos de ropa y regresamos al coche. Estábamos tan colocados y repletos de energía que nos dio igual que no arrancase. Y hablamos de  Edward Theodore Gein. Recordamos que la historia contaba que ese asesino tenía una camioneta que había sido revisada al menos en siete ocasiones. Los problemas de su caja de cambios eran de sobra conocidos en Plainfield (Wisconsin). Incluso, la llevó a revisar minutos después del secuestro de la señora Worden, con la señora Worden dentro, enrollado su cadáver entre mantas. «Eso sí que es tentar a la suerte con estilo», dije yo. Jones siguió con lo de que Ed Gein acumulaba en su granja brazaletes, collares, trajes de noche, platos de sopa, impermeables y lámparas, todo ello trabajado a partir de la piel humana y demás restos de cadáveres que robaba del cementerio, y que nosotros no nos habíamos llevado nada, ni un dedito siquiera. Su nevera, cuando el ayudante del sheriff sospechó más de lo debido y comenzó el registro, estaba a rebosar de carne fresca. Nunca reconoció el sexo con los cadáveres. «Olían demasiado mal», declaró. La historia que se ha escrito culpa a la represión sexual de la madre de Gein como causa de sus actos. Lo único cierto es que Ed idolatraba a su madre y la “habitación de mamá” era un exquisito altar barroco. Eso nos hizo pensar unos segundos en si en nosotros había influido algo así: maltrato familiar, exclusión social, ridiculización infantil, etc. Y no. Estábamos limpios. Ninguna mierda traumática justificaba nuestro “gran acto”. Y eso nos hacía felices. Con esa historia de última hora dejamos el coche y bajamos por la calle con la bolsa a rebosar de la ropa llena de sangre y cantando pletóricos nuestro himno común, Red right hand interpretado a capela por dos buenos amigos. Porque eso era lo que éramos. Mucho más tras esa noche especial.

Conciliar el sueño esa madrugada fue más fácil que explicarle a mi mujer porqué había llegado tan tarde. Al final todo salió bien. No nos preocupaba el coche, bajo ningún concepto iban a sospechar de los propietarios de los autos que estaban aparcados en esa calle. Eso es lo que creíamos, y eso es lo que sucedió.

Jamás nos interrogaron.​

Y eso que el día siguiente en la empresa tuvimos que controlar nuestra sonrisa y representar que estábamos más que apenados cuando dieron la noticia. Únicamente nos importaba la opinión de nuestro maestro, en él íbamos a encontrar la complicidad y el reconocimiento. Pero no vino. Tampoco los días siguientes, hasta que pasaron algunas semanas. ¿Cómo explicarlo? Para que se entienda hablaré de nuevo de Charly Manson y de su detención. Una rodada en el rancho Spahm Movie Ranch, cuatro meses después de la matanza, dio con la detención de Charly. En ese momento los policías ignoraban que habían capturado al criminal. Y cabe decir, por cierto, que lo encontraron escondido debajo de un fregadero, temblando; un lugar poco apropiado para el Anticristo… Pero bueno, tampoco importa. Fue Linda Kasabian, una disidente de “La familia”, la que le habló al fiscal de Charly y todos sus actos, la que desveló el secreto. Es decir, siempre hay un elemento discordante que provoca que el caos vuelva a racionalizarse y el criminal pase a ser ordenado.

A nosotros no nos descubrieron, nadie se fue de la lengua, nos reordenó un elemento con el que no contábamos. Aunque para explicar mejor la conclusión de nuestro caso sea mejor hablar de un tal Sagawa. Me explico. Issei Sagawa estudiaba a Shakespeare en la Universidad de Wako, en Tokio, y Literatura Comparada en París, mientras decidía qué parte de su novia, si llegaba el momento, se comería primero. Fue el pezón izquierdo. Rápidamente vino la nariz, y las nalgas, la necrofagia y la mostaza. Todo ello después de haberle leído a René, su víctima, algunas poesías de Dylan Thomas y ésta haberse negado a la cama. «Eres japonés y cojo», debió decirle. Y la fileteó. Pues bien, Akira Sagawa, su padre multimillonario, logró que estuviese preso tan sólo quince meses. Su aportación al arte se dio al ser fotografiado para ilustrar la portada de una revista japonesa de gastronomía. Y llegaron sus programas culinarios, contratado por una gran cadena, y la fama en su amargo país. Y es que la misma suerte corrió nuestro amigo: su padre también le iba a dar la fama y la libertad.

¿Cómo íbamos a saber qué filiación tenía nuestro maestro? Sí, debimos sospecharlo, eso es cierto. Porque en nuestra empresa el enchufe está a la orden del día. Y no valoramos esa opción; que nuestro compañero estuviese emparentado con nuestro amado Director. No lo hizo nadie, todos se sorprendieron. Lo estaba de una forma tan estrecha que resultó ser su hijo. Lo supimos cuando vimos publicada la noticia en la revista de comunicación interna de que pasaba a ser nuestro nuevo Director. Y nos temimos lo peor: la venganza. Pero una vez ocupó el puesto nos reunió un día y nos ofreció ser sus asesores. Aceptamos. En ese momento no dijo nada de esa noche. Nos miró serio y nos puso delante un nuevo contrato.

Nunca ha traído el acto realizado en nuestras reuniones. ¿Cómo no íbamos a aceptar el cargo? En el fondo era lo que habíamos ansiado. Por más que traigamos a nuestros desayunos, cuando él no está, las afirmaciones de Susan Atkins, adepta a Manson, al confesar eso de que “Él puede golpearnos a distancia” y lo de que “Nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Charly”. Una influencia misteriosa, mental, para que su familia actuase teledirigida, para que fuesen auténticos zombis. Y hemos desechado que en verdad fuese él el que sembrara en nuestra mente la semilla del diablo, la necesidad de acabar con su padre para que él ocupara su sillón. Nos da igual. Nos sabemos fuertes y válidos. Calculamos objetivos. Seguimos escuchando a Cave.

Jones se ha comprado un coche familiar, va a tener una hija. Cada amanecer pensamos en nuevas posibilidades. Y no hablamos con él de estas cuestiones. Presentamos informes detallados del riesgo del negocio y consensuamos estrategias de mercado. El ser intuitivo, que es lo mismo que decir el ser instintivo, rechaza los atajos, las soluciones simples. Vivimos cómodamente. A partir de ese momento todo nos ha sido dado y la vida nos ofrece la oportunidad de trocearla en piececitas de puzle y reordenarla. O desordenarla aún más.

Pero eso es irse del relato general. La mano derecha y roja de nuestro Dios nos guía. Maeterlinck escribió que el puño es el arma de todos los días, el arma humana por excelencia, la única orgánicamente adaptada a la sensibilidad, a la resistencia, a la estructura tanto ofensiva como defensiva de nuestro cuerpo. Así que: ¡A golpear!

About the Author

Atrapado en Amityville. Ash Williams es mi héroe. Los renegados del diablo son mi pandilla deseada. La Habitación 217 es mi preferida. Adoro la carne y los tacos mexicanos que me prepara Machete.

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